Una vez superados los
rigores invernales llegan los soleados días de las estaciones amables y apetece
entregarse a las delicias de la vida al aire libre. Es tiempo de barbacoas,
picnics, paellas y todo tipo de montaraces refrigerios oreados por la brisa.
Cualquier comida sabe mejor en las rústicas mesas de la naturaleza o en una
simple terraza que encerrados entre cuatro paredes. Lo llevamos en los genes
heredados de nuestros ancestros. Me entusiasman los ratos de convivencia que conllevan.
Escuchar una melodía provoca el automatismo del gesto. De una forma
inconsciente, nuestras cabezas se
balancean, nuestros dedos tamborilean y el imparable tic de un leve
taconeo percute en el lecho de nuestros pies. Todo el cuerpo se solaza entregándose
a la ancestral liturgia del baile. Seguir con el ademán los signos de ese
mágico reducto de la cadencia y del compás que es el pentagrama, es una manera
de bailar. Pero desde luego siempre será más grato el hacerlo en pareja.
Hay que esforzarse en ser
oportuno. Superar la dificultad de hacer lo correcto en el momento y lugar más adecuado
nos permite pisar con decisión el arduo camino de la vida. La improvisación posee
el sutil encanto de lo romántico pero suele desembocar en el tortuoso túnel de una
incoherencia a menudo pórtico del fracaso. Hacer lo perfecto en el momento
perfecto no es cosa sencilla. Cuando lo consigo siento el placer del cálido
abrazo que proporciona el haber acariciado un preciado don.
La fe y la ilusión carecen
de fronteras. Quien no aparta sus ojos del techo celeste en las quietas noches de
novilunio siempre acaba viendo alguna estrella fugaz. Me fascina verlas surcar
el firmamento desintegrándose rápidas y brillantes. Sometido a su magia,
siempre les pido algún deseo. Soñar nada cuesta y obtener el premio de vivir un
sueño es algo único si llega. Yo confío en las estrellas pero también procuro escoger
muy bien mis deseos. ¡Podrían convertirse en realidad!
Quienes saboreamos a
diario el medio terrestre o marino no damos abasto a almacenar en nuestras
retinas tan vasto arsenal de vivencias. Por eso pulsamos nuestra cámara fotográfica
ejerciendo la potestad de paralizar el tiempo y así inmortalizar cualquier
instante especial. Más tarde podemos recordarlo o compartirlo con aquellos que
tienen nuestro afecto. Las fotos son un tesoro para los momentos de melancolía que
merece la pena conservar. Utilizar mi cámara de fotos lo considero
imprescindible.
Cable, televisión por
satélite, cientos de canales… y un solo mando que puede llevarnos de uno a otro…
La tentación es demasiado poderosa y pulsar de contínuo sufridos botones se va
convirtiendo en algo cotidiano. Cambiamos de canal por odio a los anuncios,
falta de capacidad de atención o simplemente por aburrimiento. Yo suelo hacerlo
por una insatisfacción hacia lo que veo que es fruto de la exigencia. Cambiar
de canal me evade de lo mediocre abriendo la esperanza de algo mejor.
Dueños de los mares hasta la
aparición del buque de vapor, las carabelas, fragatas, galeones y naos son un
milagro de la ingeniería. Gracias a su prolijo glosario de aparejos y al estudiado
diseño de su casco aprovechaban al máximo la fuerza impulsora del viento.
Contemplar en fotos antiguas su blanca arboladura hinchada por una generosa
brisa e intuir su avance suavemente escorado a sotavento surcando las olas es
una delicia para la vista. Traslada al excitante mundo de la aventura y el
riesgo.